Crónica

En la Antigua Roma, comer con el emperador podía ser toda una aventura

El emperador romano Domiciano (51-96 d.C.) se ganó fama de soberano justiciero, tolerante e íntegro, preocupado por la moral pública, pronto a castigar cualquier tipo de infracción de la ley, pero de repente se tornó despótico y sanguinario. Según el historiador Dion Casio, “Domiciano tenía un gran salón todo pintado de negro (…) Por las noches los criados hacían pasar a los invitados a esta sala. Junto a cada uno de ellos se levantaba una lápida con el nombre del invitado. Entonces, hacían entrada hermosos jóvenes y hermosas doncellas desnudos con el cuerpo pintado de negro.

A continuación, traían la comida y la bebida para celebrar el llamado ‘banquete de los muertos’, todo servido en vajilla negra. Los invitados temían ser ejecutados en cualquier momento. El salón permanecía en completo silencio y oscuridad y la única voz que se oía era la de Domiciano, que iba relatando cómo iba a matarlos a todos. Finalmente, los dejaba ir. Una vez en sus casas, el emperador enviaba uno de los bailarines con la lápida, que era de plata maciza, como presente al aterrorizado invitado. El bailarín o bailarina también formaban parte del regalo”.

Por su parte, al emperador Heliogábalo (203-222) le encantaba ofrecer banquetes tan bizarros que la gente tenía miedo de ser invitada. Los sentaba en almohadones llenos de aire que eran pinchados sorpresivamente por unos esclavos, derribando al suelo a los obesos comensales, ante la risa de todos los presentes. Cuando se servía la comida, los invitados debían estar preparados para encontrar arañas en la gelatina o excremento de león en el postre, así como telas de araña, ranas, escorpiones o serpientes venenosas entre sus regalos.

Quien comía demasiado y se quedaba dormido corría el peligro de despertar más tarde en una habitación llena de leones, leopardos y osos. Si sobrevivía a la impresión pronto descubría que los animales estaban domesticados, entre las carcajadas del imponente césar. Lo mejor que se podía esperar en una cena con Heliogábalo era una velada de lo más desagradable; lo peor, una muerte particularmente cómica.

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