Crónica

5 secretos cortesanos de la monarquía española

Muchos hijos pero ningún heredero

Cuando Felipe IV fue aclamado rey de España, en 1621, era un joven de 15 años de edad que desde el primer día se mostró totalmente desinteresado en los asuntos de gobierno y cedió todo el poder a su valido, el conde-duque de Olivares, para dedicarse por completo a los placeres que le ofrecían la juventud y el sexo. (…) El monarca se casó en dos ocasiones y a causa de sus apasionadas aventuras nocturnas, se convirtió rey más prolífico de España: se dice que dejó entre 30 y 60 hijos, de los que se conoce alrededor de una decena. Solo reconoció a uno: don Juan José de Austria. Mientras tanto, el príncipe Baltasar Carlos proclamado príncipe de Asturias en 1632, murió en 1646. Con más de 40 hijos en su haber, Felipe IV dejó el trono a Carlos II “el Hechizado”, debilucho, retrasado y víctima de mil y una enfermedades, y no pudo evitar el final de la Casa de Austria en España.

La increíble muerte de Felipe III

Aunque su versión es bastante fantástica, el francés De la Place nos cuenta en sus «Piéces intèressantes» cómo fue la penosa muerte del rey español, el 31 de marzo de 1621: “… estaba gravemente sentado frente a una chimenea en la que se quemaba una gran cantidad de leña, tanta que el monarca estaba a punto de ahogarse de calor. Su majestad no se permitía levantarse para llamar a nadie, puesto que la etiqueta se lo impedía. Los gentileshombres de guardia se habían alejado y ningún criado osaba entrar en la habitación. Por fin apareció el marqués de Polar, al cual el rey le pidió que apagase o disminuyese el fuego, pero éste se excusó con el pretexto de que la etiqueta le prohibía hacerlo, para lo cual se tenía que llamar al duque de Uceda. Como el duque había salido, las llamas continuaban aumentando y el rey, para no disminuir en nada su majestad, tuvo que aguantar el calor cada vez más fuerte, lo que le calentó de tal forma la sangre que al día siguiente tuvo una erisipela en la cabeza con ardiente fiebre, lo que le produjo la muerte”.

¡Buenas piernas tiene el mozo!

Tal fue la exclamación de la reina Isabel II de España (1833-1904) al contemplar por primera vez a un nuevo sirviente del Palacio Real de Madrid. Unas horas más tarde, la joven monarca hizo llamar al criado a sus habitaciones. La reina lo esperaba en su cama completamente desnuda. El criado no se hizo rogar, y a la mañana siguiente Isabel II entregó al mozo una bolsa llena de monedas de oro que el alucinado criado recogió en el aire, desapareciendo del dormitorio. De regreso en su casa, contó a su mujer lo sucedido y ésta se puso a dar gritos y lanzar improperios de todo tipo contra su asombrado marido. Lo echó de su casa, pero se quedó con las monedas.

“Lo que el rey quiere es pecado”

El impopular rey Fernando VII de España tuvo cuatro esposas. La tercera de ellas fue la triste princesa alemana María Josefa de Sajonia (1803-1829), educada tan estrictamente en un convento que nadie le enseñó cómo se hacen los bebés. Durante los diez años que duró el matrimonio, María Josefa se negó a compartir la cama con su desagrada¬ble esposo: “Lo que el rey quiere de mí es pecado mortal”, decía. Cuando Fernando VII insistía en cumplir su deber conyugal, la buena de María Josefa ponía excusas: “¿Por qué no nos rezamos un rosario, Fernandito?”.

“Papá, ¿cómo se hacen los bebés?”

El príncipe Luis de España (1707-1724), hijo y heredero del rey Felipe V, se casó a los quince años y no sabía qué hacer en su noche de bodas. Cuando le pidió consejos a su padre, el monarca se limitó a decirle que le pregunte a su esposa, Luisa Isabel. Más tarde, en una carta dirigida al rey, el príncipe detallaba: “Ayer por la noche dije a la princesa lo que V.M. me dijo, y ella me respondió que tampoco sabía lo que había que hacer puesto que no le habían informado (…) Me puse por tanto sobre ella pero no salió nada; quiero que usted me responda primero y que usted me diga si hay que estar mucho tiempo sobre la princesa y cómo tenemos que hacer los dos”. En la siguiente carta, el príncipe insistió: “Ayer por la noche me puse sobre la princesa, pero no salió nada de mí”. Tiempo después, en una nueva carta el hijo decía al padre: “Quisiera saber todavía de usted si debo ponerme sobre la princesa más de una vez cada noche y si debo ponerme allí todas las noches”. De más está decir que Luis y Luisa Isabel nunca tuvieron hijos.

 

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