“¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”

El 17 de mayo de 1886, hace 130 años, la reina María Cristina de España daba a luz a su hijo varón. Su esposo, el rey Alfonso XII, había muerto meses atrás y el matrimonio tenía dos hijas mujeres, María de las Mercedes y María Teresa. La reina viuda, sin embargo, pidió al gobierno no proclamar reina a la mayor de sus hijas. ¿La razón? María Cristina estaba embarazada y, si el bebé que esperaba era un varón, le correspondería ser el nuevo rey de España.

Nacido, contrariamente a lo natural, rey y no príncipe, Alfonso XIII vino al mundo a los 173 días de la muerte de su padre, y mientras su enlutada madre ejercía la regencia de España. Su llegada al mundo fue una explosión de alegría popular que hizo exclamar al presidente Sagasta cuando comunicó la dichosa noticia: “¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”.

Según relata la infanta Eulalia de Borbón, “las horas que precedieron al alumbramiento de María Cristina fueron de una extraordinaria tensión nerviosa para los cortesanos y el pueblo madrileño, que llenaba de bullicio la Plaza de Oriente. Las horas de aquel día histórico pasaban con lentitud, y cada minuto transcurrido se alargaba en nuestra ansiedad. En la capilla ardían centenares de cirios y numerosas damas de la corte se reunieron a orar mientras la familia real y los altos dignatarios y miembros del Gobierno aguardábamos en un salón contiguo a la regia cámara. Durante horas reinó un silencio nervioso quebrado por el temblor de los rosarios y los suspiros de angustia. Fuera de Palacio no era menor la inquietud y centenares de mujeres del pueblo acudían a las iglesias a rogar mientras los hombres en los cafés y en las calles estaban atentos a todos los rumores”.

El nacimiento se produjo en el Palacio Real de Madrid a las doce y media, y tras el anuncio oficial la camarera mayor de la reina, la Duquesa de Medina Torres, entregó al presidente del Consejo al niño recién nacido, que fue colocado cuidadosamente en un cojín de terciopelo y éste sobre una bandeja de plata. Así fue presentado el rey niño -de “nariz borbónica y la barba prognática de los Habsburgo”- ante las máximas autoridades civiles, religiosas y militares del reino reunidas desde temprano en Palacio. “Suspiros de alivio”, escribe Eulalia de Borbón, “contenidos gritos de alegría, lágrimas demostradoras de una emoción intensa, acogieron en la vasta sala la noticias, mientras en el parque el cañón iniciaba las salvas. El pueblo abrió un silencio expectante y tembloroso mientras contaba los cañonazos, y cuando sonó el decimosexto, un clamor enorme se elevó hasta el cuelo azul y penetró en los salones, extendiéndose por todo Madrid (…) En las calles, músicas, coplas, alegría desbordante, tumulto de multitud en fiesta. Por primera vez en la historia, había nacido un rey”.

El hecho de que la reina diera a luz un varón representó un enorme consuelo para la nación española porque su entronización evitaría que España sufriera el flagelo de la violencia, que la había azotado a comienzos del siglo XIX. En los salones de palacio, la grandeza de España, los embajadores, senadores, los altos mandos militares, los príncipes y las infantas fueron los primeros en contemplar al recién nacido rey. Más tarde se reunieron las Cortes y, el mismo día de su nacimiento, Alfonso de Borbón y Austria fue proclamado Rey constitucional de España, mientras su hermana mayor, princesa de Asturias. “Ardió toda España en fiesta”, prosigue su relato la infanta, “en luces de bengala, en campanas echadas a vuelo. Se indultaron presos y se conmutaron todas las penas de muerte que cursaban en los tribunales. Todos experimentamos la grata sensación de que España volvía a encontrarse a sí misma y de que, frente a ella, se extendían despejados los caminos de la historia”.

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El nombre para ese niño-rey era fue una cuestión a resolver de inmediato. En su lecho de muerte, Alfonso XII, que se había distinguido por ser bastante supersticioso, había dicho a María Cristina que, si llegaba a nacerles un varón a consecuencia del tercer embarazo de ella, no debía llamarse Alfonso. Hacer del niño el Alfonso número XIII (trece), teniendo encima por padrino, según se preveía, al Papa León XIII (trece), era llamar a gritos a la mala suerte, aseguró el enfermo. María Cristina de Habsburgo estuvo de acuerdo. Según parece, Alfonso había sugerido el nombre de Fernando, nombre que la reina María de las Mercedes, la primera mujer de Alfonso XII, había deseado llamar al hijo que tuviese en honor a Fernando III el Santo.

La cuestión radicaba en que los españoles de entonces no asociarían a un nuevo rey Fernando con Fernando III el Santo; inmediatamente se acordarían del inmediato antecesor homónimo, Fernando VII, que no llevaba buenos recuerdos a la memoria colectiva española. Carlos también resultaba un nombre problemático, debido a la predilección por ese nombre de los pretendientes del carlismo. Los políticos, los cortesanos e incluso el pueblo llano insistían en que el nombre más apropiado era Alfonso en recuerdo de Alfonso XII.

María Cristina cedió: su hijo se llamaría Alfonso. O, mejor dicho, Alfonso León Fernando María Jaime Isidro Pascual Antonio. La infanta Eulalia fue muy elocuente en una carta remitida en esas fechas a su madre: “Finalmente, el niño de Crista se llamará Alfonso; todo el mundo, desde los Grandes hasta las lavanderas, han insistido tanto que ella ha tenido que aceptarlo”. “¿Qué otro nombre se hubiera podido escoger para continuar la historia de España…?”, se preguntaba un periodista de la época, quien añadía: “El nombre de Fernando no dejó buenos recuerdos a los partidos liberales; el de Carlos tenía connotaciones numéricas desagradables, y recordaba todas las guerras civiles del presente y pasado siglo; el de Luis tenía un precedente desgraciado (…) Había, pues, que resucitar nombres muy lejanos, adoptar uno nuevo, o elegir el que, con verdadero acierto, se ha puesto al niño rey, es decir, el del glorioso nieto de Doña María de Molina…

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