Crónica

El exiliado ruso que soñaba ser Príncipe de Andorra

Por Darío Silva DAndrea

 

En 1934, el diario argentino “La Nación” publicaba una entrevista a un personaje extravagante. El ruso Boris Skossyreff afirmaba en la entrevista ser el Príncipe de Andorra, reclamando sus derechos al trono de ese pequeño país cuya soberanía comparten España y Francia. Días más tarde, la noticia ocupaba la página 2 del mismo periódico: “Fue arrestado el Príncipe de Andorra”. La aventura monárquica de este embaucador que soñaba con ser príncipe había durado muy poco.

Políglota y con un elegante monóculo, el noble y exiliado ruso Boris Skossyreff se presentó en 1934 ante el pueblo de Andorra para prometerle prosperidad bajo su cetro: Quería ser su Príncipe. Hombre agradable, distinguido y bien vestido, el barón Skossyreff (nacido en 1896) pertenecía a una familia de la pequeña aristocracia rusa que se había distinguido en los ejércitos zaristas. Aseguraba haber sido oficial de la Armada rusa, agente secreto del Foreign Office británico, funcionario de la reina de Holanda y hasta camarero de un bar, pero nadie le creía nada.

De viaje por Andorra, convenció a campesinos y obreros de que necesitaban un cambio, aunque el gobierno de ese pequeño enclave le puso límites. Expulsado, empezó a comportarse como un auténtico “monarca”, respaldado por una fuerte campaña de “marketing” que atrajo el interés de la prensa mundial. Concedió audiencias y recepciones oficiales, además de numerosos actos protocolares y sesiones fotográficas para hacer postales y estampillas. Más importante aún: redactó una innovadora “Carta Constitucional Andorrana” que modificaba sustancialmente el sistema político andorrano tradicional, y proclamaba que el Coprincipado tendría libertades, modernización, inversiones extranjeras y el reconocimiento de paraíso fiscal.

De vuelta en Andorra, se autoproclamó “Boris I, Príncipe de los Valles de Andorra”, imprimió 10.000 ejemplares de su Constitución. Uno de estos, que fue a parar a las manos del obispo de Urgell, monseñor Justí Guitart, desencadenó las hostilidades por parte del prelado, uno de los copríncipes de Andorra. Cuatro guardias arrestaron al fantástico monarca hasta la frontera y luego trasladado a Barcelona, donde fue juzgado según la la «Ley de Vagos y Maleantes». Así finalizó el reinado de Boris I, cuatro días después de su coronación. Se le perdió la pista para siempre y hoy nadie está seguro de cuándo y dónde murió. Lo seguro es que con él murió la fantástica historia del timador que quiso (y lo fue durante cuatro días) ser un príncipe.

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