Crónica

Los Bernadotte (II): Los reyes brillantes y los olvidados

Oscar I (1844-1857) recibió una privilegiada educación sueca. Era inteligente y comprendía fácilmente las cuestiones de actualidad. Además de talento artístico y literario, tenía una clara percepción de los problemas sociales. Las relaciones entre el liberal Oscar y su estrictamente conservador padre habían sido siempre tirantes.

Al ser coronado, Oscar I eligió de inmediato un gobierno moderadamente liberal y realizó una serie de exitosas reformas en la economía, la legislación y la educación. Pero pese a su devoción al deber y rectitud, Oscar I nunca logró ser tan popular como su padre.

Carecía del encanto de su padre, era un hombre gris y tan cuidadoso de su dignidad real que fue considerado, injustamente, estirado y carente de temperamento. El largo periodo en que había sido príncipe heredero, a la sombra de Carlos Juan, había reprimido su personalidad y le había hecho perder la capacidad de mostrar espontaneidad y entusiasmo.

La salud de Óscar I, siempre débil, comenzó a agravarse a principios de la década de 1850, y en 1857 empeoró drásticamente. Ante la imposibilidad de gobernar, su hijo Carlos fue nombrado regente por acuerdo del parlamento de ambos reinos el 25 de septiembre de ese mismo año. Permaneció postrado dos años y fue olvidado por su pueblo, muriendo en Estocolmo el 8 de julio de 1859. Sus restos mortales reposan en la Iglesia Real de Riddarholmen de esa ciudad.

Pocos reyes suecos fueron tan populares como Carlos XV (1857-1872), el hijo de Oscar I. Fue el primer Bernadotte nacido en Suecia y hablaba el idioma sueco a la perfección. Con su aspecto majestuoso y sus modales naturales, se ganaba la devoción de todos. Carlos XV era un individuo práctico, un hombre de acción.

Le gustaba entrenar a los soldados y quería compartir sus fatigas durante las maniobras. Pero tenía defectos graves, evidentes para los que le rodeaban: era impulsivo y se dejaba arrastrar por las ocurrencias del momento, carecía de perseverancia y no tenía inclinación por el “penoso trabajo intelectual de cada día”.

Como no tuvo hijos varones con su reina, Luisa de Holanda, Carlos XV fue sucedido, al morir en 1872, por su hermano menor, Oscar II (1872-1907), un príncipe poco conocido y escasamente popular, considerado altanero y muy puntilloso de su dignidad. Ninguno de los que le conocieron, sin embargo, pudo negar su gran ambición y su capacidad para cumplir con las tareas que la nación le encomendaba.

Oscar II era un hombre de gran capacidad, de mucha lectura, interesado en muchísimos temas, aunque incomprendido. Cuando subió al trono, se le consideraba, con mucha razón, el monarca más ilustrado de Europa. Fue el primer Bernadotte que se educó en la Marina y escribió muchos libros que mostraron su dominio de los asuntos navales. También compuso poemas sobre la Marina y el mar que fueron muy apreciados en su época.

Deseaba ser un rey influyente y restaurar el poder de la monarquía tal cual había sido ejercido por su abuelo y su padre. Contaba con ello con buenas calificaciones: era talentoso y receptivo, tenía gran encanto personal y espíritu conciliador. Oscar II deseaba inspirar confianza y ganar aprobación, pero tenía serias dificultades para lograr ser apreciado por el hombre común. Se dice que su madre, la reina Josefina, dijo alguna vez de sus hijos: “Oscar hace cualquier cosa para ser popular, sin lograrlo, mientras Carlos (XV) hace cualquier cosa para dañar su popularidad, sin lograrlo”.

La disolución de la unión entre Suecia y Noruega, en 1905, quebrantó el espíritu y la salud de Oscar II. Murió dos años más tarde, trágicamente mal comprendido. Contaba con un fiel consejero en la persona de su esposa, la reina Sofía, nacida princesa de Nassau, una mujer firme y sensata a la que afectaba los esfuerzos que se hacían a favor de la paz.

Oscar II y Sofía tuvieron cuatro hijos: el mayor de ellos, le sucedió en el trono como Gustavo V (1858-1950). El segundo, el príncipe Oscar, contrajo matrimonio con una mujer de la nobleza sueca y lo perdió todo: derechos de sucesión, prerrogativas, títulos y dinero. Adoptó el título de Príncipe Bernadotte y dedicó su vida a las actividades religiosas y de bienestar social. El tercer hijo, el príncipe Carl, escogió la carrera militar y realizó su contribución más importante al frente de la Cruz Roja sueca, de la cual fue presidente durante cuatro décadas.  El hijo menor fue Eugen (Duque de Närke), un reconocido pintor, coleccionista de arte y patrocinador de artistas.

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