Crónica

La princesa que se tragó un piano y otras locuras de la realeza

Por Darío Silva D’Andrea

De la dinastía Wittlesbach, linaje real bávaro, siempre se dijo que fue muy propenso a los desórdenes psicológicos, y el más claro ejemplo fue Luis II, rey del romanticismo, la música clásica y los castillos de cuentos.

Pero uno de los personajes menos conocidos de su familia fue la princesa Amalia Alejandra (1826-1875), una bellísima mujer de ojos azules que, a pesar de sus logros literarios y musicales, sufrió desde la niñez una serie de desvaríos psicológicos, incluyendo una rara obsesión por la limpieza.

Se cuenta que cuando tenía 23 años, sus padres la vieron caminar de forma extraña por los pasillos y ella explicó que, siendo una niña, se había tragado un enorme piano de cristal, explicando así que su voz fuera tan hermosa y melodiosa.

Desde entonces, Amalia vivió con el temor a que el cristal se quebrara, por lo que su figura, siempre vestida de blanco, atravesaba de lado las puertas para que pudiera pasar el piano, caminando aterrorizada por el miedo a romperlo.

Pero en el largo historial de locos y locuras de la realeza tenemos otros muchos personajes que vivieron atormentados por la esquizofrenia y otros que la disfrutaron…

Luis Víctor de Habsburgo, hermano del emperador Francisco José de Austria, fue un hombre religioso hasta la locura, que se jactaba de haber peregrinado de rodillas desde Viena hasta Roma, aunque esas peregrinaciones sólo estaban en su imaginación.

La peregrinación, en realidad, se desarrollaba -entre el sonido de las risas de sus sirvientes, amigos y hasta su esposa- a lo largo de las enormes salas y largos corredores del palacio y cada día apuntaba en un diario el recorrido efectuado.

Años atrás, Otto de Baviera -hermano de Luis II, “el Rey Loco”- había vivido recluido más de treinta años convencido de que era un perro.

Cuando caía la noche, sufría terribles alucinaciones y acabó padeciendo de ataques francos de demencia que, al principio, se procuró disimular, pero que crecieron hasta la furia, obligando a su desolada madre a recluirlo con vanos pretextos en Fustenried.

Una prima, Amalia de Baviera, huyó despavorida del castillo, aterrada, después de no poder dormir por muchas noches, pues el rey se echaba junto a su puerta como un perro, ladrando, arañando la madera y tratando de entrar. Su hermano Luis II escribió:

¡Es muy doloroso y desconsolador ver sufrir así al pobre Otto! cada día, su estado se agrava. A veces se queda dos días sin acostarse. No puede dormir. Durante ocho semanas no se ha quitado ni un momento su calzado o su ropa. Diríamos que ya es un loco. Hace gestos espantosos, ladra como un perro y llega a veces a decir las peores groserías. Se queda así varios días hasta que, agotado, vuelve a la normalidad”.

En la realeza española, la reina Luisa Isabel de Orleáns (1709-1742), se lleva el primer premio, aunque tal vez no haya superado la locura de amor de otra reina, Juana la Loca. Isabel Carlota de Baviera definió así a su nieta: “Tiene los ojos bonitos, la piel blanca y fina, la nariz bien formada, la boca muy pequeña…, sin embargo es la persona más desagradable que he visto en mi vida”.

Sus locuras fueron patentes poco antes de convertirse en rey su marido, Luis I, en 1724. Para entonces se negaba a comer para luego esconderse y comer de modo compulsivo todo lo que encontraba a mano, fuera o no fuera comestible. “Se come hasta come el lacre de los sobres”, dijo un marqués al rey Felipe V.

Cuando Luisa Isabel visitaba a su suegro, se dedicaba a eructar en público o corretear por los jardines o trepar árboles en camisón, buscando que el viento lo levantara y mostrara sus partes íntimas a quien fuera. Además, solía presentarse sucia y maloliente, negándose a bañarse o utilizar ropa interior.

A su pasión por el exhibicionismo sumó la extraña obsesión por la limpieza: pasaba horas lavando pañuelos, cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole, frotando manchas inexistentes. El rey Luis, destrozado, escribió a su padre: “No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento”.

Lejos, en la otra punta de Europa, estuvo Mustafá, sultán turco (1592-1639) a quien no se puede culpar por haber perdido la cordura: estar encerrado en una habitación durante 10 años a petición de su propio hermano podría daños mentales a cualquiera

Pero era algo muy común en la corte de los sultanes otomanos: estaba entonces vigente la Ley de Fratricidio por la cual cada nuevo sultán turco, al subir al trono, mandaba matar a todos sus hermanos para evitar peleas por el trono.

Mehmet I hacía estrangular con cordones de seda a sus pequeños hermanastros para que éstos no pudiesen un día conspirar para arrebatarle el trono, pero el caso más famoso fue la masacre ordenada por Mehmet III cuando en 1595 ejecutó a 19 de sus hermanos y varias favoritas embarazadas, por las dudas.

Mustafá, nieto de aquel sangriento Mehmet III, padeció una mejor suerte, pero el encierro lo trastornó. En 1617, al morir su hermano, fue liberado de su Altin kafa (“Jaula dorada”), pero fue enviado de nuevo después de unos pocos meses cuando un sobrino tomó el poder en un golpe.

Cuando su sobrino fue asesinado, cuatro años después, Mustafá fue arrastrado de nuevo desde su jaula para ser coronado, esta vez hasta su muerte. Durante ese tiempo, el sultán era visto dando gritos sin sentido, profiriendo maldiciones y clamando por su sobrino muerto para que volviera y gobernara de nuevo. Fue finalmente depuesto y, por orden de otro sobrino, Murad IV, fue encerrado durante dieciséis años hasta su muerte.

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